El ceniciento naucalpense

«¿Cómo llegué aquí si soy tan terrible alcalde?”»

Por José Barrera


Al onceavo día de las protestas callejeras y los bloqueos a las oficinas de gobierno, desde el balcón del Palacio me pregunté «¿Cómo llegué aquí si soy tan terrible alcalde?”».

Durante veinticuatro años fungí como el responsable de atender la ventanilla de atención ciudadana del Palacio Municipal. En ese tiempo nunca bajé ni subí de nivel. Las administraciones iban y venían, pero nadie tocaba mi puesto, lo despreciaban por el bajo sueldo y porque consideraban que desde ahí no se podía hacer nada. Tenían razón. 

En todo ese tiempo podían contar con los dedos los casos resueltos. La gente entregaba sus solicitudes, o como yo les digo «cartitas de Reyes Magos», pidiendo alumbrado, pavimentación, agua o simple solidaridad. A los 15 días recibían una respuesta negativa bajo los comunes argumentos de «No hay presupuesto», «No nos toca, es asunto del Estado», «Tomamos nota». Esa oficina era un convertidor de esperanzas en frustraciones.

Mi vida era recibir, sellar, decir no y destruir el archivo en una máquina que odiaba por ruidosa que siempre quise arreglar. Había ocasiones en que me tocaba aguantar gritos y mentadas. Hasta los insultos eran rutinarios. Un martes de abril la rutina cambió. Entró a la oficina una señora de edad mediana, ropa oscura para ir a rezar a la iglesia, un sombrero de catrina y un diente de oro maltrecho. Su rostro era pálido pero agradable, y contrastaban sus medias coloradas. Pidió lo que todos en su colonia: agua para bañarse diario. Le advertí que en el Molinito eso no iba a pasar nunca; le aconsejé lo que a todos, que llenara sus cubetas a la hora que cayera el agua, generalmente a la una de la mañana, y después solo tenía que administrarse y bañarse a jicarazos. No tomó bien mi consejo y mal encarada me dijo «Mande agua a la colonia y le prometo que recibirá lo que usted siempre ha querido». El que reaccionó mal entonces fui yo, pues podían catalogarme como un inútil, pero no de corrupto.

Se fue la extraña señora dando pasos alargados, como si quisiera lucir sus medias coloradas. Para su suerte, y la mía, ese día, después de años de olvido, mandaron a darle mantenimiento a las bombas que suben agua al Molinito. Esa misma noche la señora se pudo bañar con regadera. 

A la mañana siguiente, llegando al despacho vi a la señora con lo misma ropa del día anterior, pero con unas medias todavía más coloradas. Apenas me vio y se me acercó con una enorme sonrisa que hacía lucir el viejo diente de oro. Me agradeció por lo del agua y yo no aclaré que no tuve nada que ver con ello; no por deshonesto, simplemente no quise dejar ir mi primer agradecimiento en años. Tomó mi mano y me dijo con una voz suave «Le hice una promesa y ahora durante un día completo podrá hacer lo que deseé profundamente». Al igual que el día previo se fue dando amplias zancadas.

No había entendido sus últimas palabras, pero cuando me puse a destruir archivo y recordé lo mucho que odiaba a la trituradora, deseé profundamente cambiarla por una nueva. Acto seguido fue que se cambió por una nueva. Me pasmé un instante. No por sorpresa, sino porque reflexionaba por primera vez sobre lo que siempre he deseado. ¿Qué es lo que siempre he querido? Después de una vida rutinaria y burocrática, la habilidad de desear se muere; parece que el mediocre tiene por principal característica no desear nada. 

Aunque estaba cerca de estar en ese estado, una frustración me vacunaba de ser cien por ciento mediocre. Siempre quise que mi trabajo fuera útil, que fuera más allá de sellar, decir que no y ser receptáculo de insultos. Llegó una señora acompañada por quien parecía ser su hija. Entregaron un oficio solicitando una silla de ruedas para la mayor. Me imaginé la petición resuelta y al instante ahí estaba, la señora en una silla de ruedas. Era una modesta, básica y austera; luego pensé en el equivalente a un Ferrari de las sillas de ruedas y entonces la señora salió del Palacio con una silla automatizada con cuatro velocidades. 

A los pocos minutos llegó un señor pidiendo luz en su calle, decía que asaltaban mucho. Envalentonado por lo que había sucedido con la trituradora y la silla le pedí que me llevara a ese lugar. En 20 minutos estábamos en la calle Magnolias. Miré las lámparas y con un deseo profundo de verlas prendidas se encendieron. Aunque era de día podían verse todas las lámparas brillando. 

Había pocos testigos del milagro, pero fueron suficientes para pedirme una decena de nuevas cosas. Una quería topes, otro tapar una fuga de agua y un tercero dejar los parques libres de caca de perro. Fui acompañando a cada uno y con solo desearlo se resolvían sus peticiones. En algunos casos movía mis manos para dramatizar el acto. Salían topes artesanales, las fugas se tapaban y uno podía caminar por el parque sin temor a pisar una de mil. 

Rápido se corrió el rumor y de ser tres pasaron a ser 30 y al poco rato ya no los podía contar. De Magnolias pasamos a Girasoles y luego a Tulipanes. Prendía lámparas, nivelaba banquetas, tapaba baches, cientos de baches, tal vez miles, y de repente estábamos en la Avenida López Mateos, una oda a la decadencia. La gente me pedía que la pavimentara con concreto hidráulico y que de una vez le pintara carriles. Me concentré, lo desee y moví mis brazos como si fuera un Moisés abriendo el mar y en un parpadeo, el otrora monumento a la infamia era ahora una carretera escandinava. 

No sabía si estaba más impresionado por mi poder o por el hecho de saber que la avenida estaba pavimentada. La gente se peleaba por mí, me jaloneaban y me pedían visitar sus comunidades. Pagaron un taxi y me trajeron de aquí para allá. Me llevaron al Capulín, a San Mateo Nopala, San Bartolo, regresamos al Molinito porque de verdad lo ameritaba, me bajaron a Satélite para arreglar los semáforos y cerré dándole una manita de gato a las Torres de Satélite. 

Como me lo había dicho la señora del diente de oro, después de un día, desear dejó de ser suficiente. Ya no pude materializar nada, me había convertido en un ceniciento naucalpense. Sin embargo, un día bastó para ser leyenda. Al poco rato tenía ofertas para ser candidato a Presidente Municipal. ¿Pueden creerlo? Yo, un burócrata despreciado por años, candidato a alcalde. Me adelanté y les advertí que todo se debió al favor de una señora bruja, pero sumidos en su necedad y sedientos de héroes, me convencieron cuando me dijeron «Si pudiste hacer todo eso con el favor de una bruja, imagina lo que serás capaz de hacer con la varita mágica del poder».

No me fui a ningún partido. Competí solo y gané con el noventa por ciento de los votos. Solo priístas trasnochados y uno que otro sindicalizado votaron por alguien más. Así llegué. La leyenda me arropó, pero desear el bien y la varita mágica del poder son cosas distintas. Mi administración es un desastre, parecida a mi vida previa de burócrata alienado. Llevo semanas cortando el agua en el Molinito y zonas aledañas. Espero ver dentro de los manifestantes a una señora de amplia zancada y medias coloradas.

Instagram: @napo_coco
Twitter: @napo_barrera

José Barrera  
Internacionalista y tultitlense universal

Fotografía de portada tomada de El Universal Online

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